
No se pude ser más lento que el caballo del malo porque éste no es más que una mera entelequia de la ficción mal fabricada que convierte étnias equinas en distintivos de inclinaciones naturales animales, siempre dependientes de su amo y señor. Porque, sin miedo a la falacia, la conversión de una intención primera como es la distinción en tanto que persecución de un acto engañoso producto de una mercadotecnia simplista, no persigue más que el troquelado a placer de una primera hornada de mentes volubles y, las más de las veces, inocentes, para conseguir unos fines harto tramposos.
La problemática se resuelve en el preciso instante en que entra en la ecuación el factor tiempo, que a base de reiterar la mentira, ocasión tras ocasión, acaba consiguiendo el efecto contrario al deseado. La experiencia se cimienta, y la incapacidad de los jacos perseguidores de atrapar nunca a sus anteriores va conformando un universo demasiado inocente como para mantenerse entero por sí solo.
Aún así, no deja de resultar curioso que, ese principio de realidad, no halla superado a la tradición inicial, prevaleciendo más allá de los tiempos y llegando a formar parte sólida del imaginario colectivo del espectador. Muestra inequívoca, una vez más, que el ser humano en tanto que persona, es un animal de costumbres.
El mayor problema de todo esto, sea quizás la opinión del caballo, a quién nadie ha tenido aún la osadía de preguntar (probablemente, más por miedo que por vergüenza, aunque a saber...). Su encasillamiento, debe haber sido toda una carga, generación tras generación, lapidando cualquier posible atisbo de superación animal. Aunque, si bien se piensa, lo mismo ha acabado sacándole partido a su reputación, y ha optado por autoerigirse semental del establo. Porque alguna ventaja tiene que tener ser el más lento de toda la caballeriza. Digo.




