Lena

encontrado en un maletin de difuntos sábado cualquiera

por Javier Esteban
El muerto había pedido un cigarro y le tendimos a Lena la arrugada cajetilla.

—¿También quieres fuego? —y el muerto meneó la cabeza mientras farfullaba algo ininteligible. Sujetando nuestro último fortuna entre los labios rebuscó por los bolsillos de su anorak hasta dar con una cerillas.

Nosotros íbamos escudriñando fascinados cada fase de la operación, y cuando por fin llegó la primera calada alguno estuvimos hasta a punto de aplaudir. Era la primera vez que veíamos a uno tan de cerca, claro, y se comprende la metedura de pata de Raúl, cuando le soltó:

—¿Y cómo es que te da por fumar ahora, si estás muerto?

Juro que Lena le hubiera estrangulado ahí mismo. Se encrespó sobre el banco y apretó los puños hasta que se le quedaron blancos por falta de riego, pero no abrió la boca. El muerto sólo puso una cara de estupefacción algo cómica, y se encogió de hombros. No valía la pena ni contestar a una chorrada como esa. Luego nos quedamos callados todos, sin saber por dónde seguir.

Entonces, para terminar de arreglarlo, voy yo y le ofrezco cerveza.

Estaba nervioso. Ni pensé. Fue como automático, como por romper el hielo, y apenas levanté el litro, me di cuenta de que había dejado a los demás completamente parados. Hasta a Lena. Debió de pensar que nos estábamos cachondeando de ellos.

Sin embargo, la gracia fue que el muerto me cogió la botella y le dio un sorbo. E incluso habló.

—Uno no remedia las manías con nada. Es como lo de los nudos y esas cosas. No lo aguanto, pero es que ya da igual —La verdad, no era una voz diferente. Un poco ronca, vale, apagada. Pero ni de lejos como nos la esperábamos. Se parecía demasiado a la de él, el de antes.

El muerto me devolvió la birra. Yo la dejé en el suelo, junto a mi pie. Se terminó el cigarro y se largó. Ni palabra. Sencillamente se echó a andar, con Lena siguiéndole arrebujada en su cazadora.

—¿A dónde vais? —le pregunté.

—Con sus padres, creo que todavía no le han visto —respondió lacónica. Debía estar reventada, todo el día de aquí para allá con el muerto. Le vimos dar la vuelta por la esquina de los soportales, sin girarse ni una sola vez.

Hubo una pausa ahí.

Luego Raúl me puso la mano en el cuello y me bostezó al oído:

—Macho, te toca ir a por un litro al chino.

—¿A mí de qué? —refunfuñé sin fuerza.

—Hombre, no pensarás que vamos a terminarnos la que ha guarreado el colega.

No quise contentarle mal, tenía la razón. Me levanté, conté las monedas y enfilé a la tienda sin querer darle muchas vueltas a la cabeza. Sobre todo sin querer pensar en Lena, la pobre. La que se le venía encima. Y es que, en el fondo, sabía de sobra cómo iba a acabar aquello.

Una pena.

Cuando a la semana nos la encontramos vagando por la carretera del polígono y ni siquiera hizo el amago de reconocernos... Bueno. Eso sí que fue un palo.
noviembre 2004

4 comentarios:

Fco. Javier Pérez dijo...

Vampiros (¿o zombies?) poligoneros. Lo que pasa cuando se reduce un par de grados la escala del mito. Daños colaterales. Tabaco y birra costumbristas aliñando lo sobrenatural. Muy bueno, señor Esteban.

kuroi yume dijo...

si el especial hubiera sido sobre sociedad marginal y adicciones hubiera quedado igual de bien. Bravo una vez más!

kuroi yume dijo...

bueno, puede que no haya mucha diferencia entre lo uno y lo otro...

J. Esteban dijo...

¡Muchas gracias! La verdad es que este cuento es especial porque fue el segundo que escribí (y no quemé) y el primero que vi en un libro y todo, así que me apetecía aportarlo al especial. Más adelante empecé a escribir sobre vampiros que descuartizan, que es lo que tienen que hacer de toda la vida...